Obi-Wan, Sam y Sócrates… “caminar a tu lado me hace más fuerte”. (I)

Cada ser humano que respira en nuestro planeta desarrolla sus talentos y los transforma en capacidades a medida que se relaciona con los demás. Dicho en palabras más fáciles y personales: si me dispongo a estar abierto a mis hermanos, crezco como persona. Desarrollaré así un montón de destrezas nuevas adquiridas en el ecosistema en el que me muevo. Pero esas destrezas, esos dones y capacidades, poseen un hándicap que hay que intentar neutralizar en la medida de lo posible, y es el hecho de que sin control, cualquier don puede convertirse en arma de destrucción masiva de mi propia personalidad. El amor de pareja, la pasión por el trabajo, la capacidad de orar, el buscar la voluntad de Dios en mi vida y mi propia vocación, a lo que soy llamado o llamada… todo eso, sin una medida de control, me puede ahogar en un mar de indecisiones. Camino y lucho en el día a día hasta que llega el momento donde este juego me presenta dos alternativas, o tres. Y todas son buenas. Todas me llevan a objetivos deseables y deseados. ¿Y ahora qué?

Es importante no despertar a la bestia

Las medidas de control son necesarias. Las aprendemos desde que nacemos, se nos trasmiten en la escuela, en los juegos y deportes que practicamos, en las normas que aprendemos. Sin normas ni control, somos algo peligrosos. Es importante no despertar a la bestia. Porque a veces tomamos decisiones sin medida y… ¿quién no ha padecido un domingo por la mañana las consecuencias de un sábado por la noche? Controlar es bueno, es sabio e inteligente. Y a eso se aprende. Ese aprendizaje necesita de maestros. En la infancia son papá y mamá, los hermanos y los profesores y profesoras del colegio. En la adolescencia las normas se cuestionan y los golpes que nos damos son brutales. Pero también se aprende. Hay como una red invisible que sigue impidiendo que nos caigamos del todo. Monitores, guías, entrenadores, amigos, y primeros “amigos y amigas con derecho a...”. Todo es bueno para enseñarnos los límites de la vida. Pero en la edad adulta… la cosa se complica.

Al carecer de maestros, de guías, las medidas de control y pedagogía son, en ocasiones, desajustadas: o extremadamente duras, o demasiado suaves como para no tomarlas en serio. Dejamos las decisiones serias para otro momento, preferimos no pensar en los inconvenientes, sabemos que algo de lo que nos viene en mente requiere esfuerzo y nos decimos que lo haremos más tarde… “la fuerza es grande en nosotros”, diría el Maestro Yoda. Y surgen las dos grandes preguntas: ¿Quién nos va a enseñar? ¿Cómo lo va a hacer?

Antonio Ordóñez, sj