Esencia de la vida religiosa

Nos preguntamos muchas veces sobre lo que es y significa la vida religiosa, la de siempre. Las congregaciones y órdenes que forman comunidades contemplativas y apostólicas y que prometen para sí mismas pobreza, castidad y obediencia. ¿Cuál es la esencia de esta vida religiosa que en nuestras latitudes tiene tan pocas vocaciones?

No es el hacer sino el ser

Hacer….hace muchas cosas, evidentemente. Ahora y aquí. Desde la atención a los enfermos, a los pobreza, viviendo en los barrios y zonas más marginales, en las universidades y colegios, entre la gente de todo tipo, de forma directa o institucional. Pero la esencia no es hacer. La acción no es una consecuencia de una identidad, de unas opciones de una forma de ser.

¿Cuál es esta identidad? ¿Cuál es su razón de “ser”?

¿Cuál es esta identidad? ¿Cuál es su razón de “ser”? La pregunta busca seguramente una respuesta más bien ideológica, una definición abstracta. Lo mejor es reconvertirla de una manera más llana. ¿Ser para quién? Esta orientación de la pregunta no es una huida sino un acierto. ¿Ser para quién? Constituye la dimensión esencial de la vida religiosa.

La respuesta sencilla y honda: “ser para Jesucristo”

Ser para Jesucristo viviendo ligero de equipaje, definitivamente y de por vida, en el consuelo enamorado y en el desierto purificados y en el desierto purificador, como una respuesta a una llamada personal. En la llamada hay un nombre: el nuestro.

Una totalidad de amor: Él y su Reino. Una misión. Servicio divino en las formas más necesarias y creativas del momento histórico…y en Iglesia y comunidad.

Es muy difícil entender para aquél que no comprensa que uno se puede enamorar de Jesucristo. Sí…¡enamorarse! Resulta que aquél Jesús histórico que nos explica el evangelio hoy es real, vivo, glorificado y cercano. Por lo tanto es sujeto actual de amor; de recibir y comunicar amor.

La esencia de la vida religiosa es, pues, ser para Él. Todo procede de aquí. Sin esta esencia no se puede mantener. Con ella la cruz y la felicidad son dos caras de la misma moneda.

Jesús Renau SJ