La pieza del puzzle

Es admirable la capacidad de generosidad que tienen los jóvenes. Es impresionante acompañarles en este deseo de buscar más, de seguir el Evangelio y al Señor más de cerca. Y es motivo de acción de gracias percibir la fuerza con la que persiguen ese sueño, aunque los obstáculos se agolpen en un instante de forma imprevisible. Pero esa generosidad no evita momentos duros, especialmente cuando nos planteamos nuestra vida en mayúsculas y las opciones, podríamos decir, fundamentales.

sin esperarlo, sin saber el porqué, llega un momento y … ¡me falta algo!

Porque, a veces, nuestra vida puede parecer un castillo de naipes que tiene el peligro de desmoronarse ante cualquier movimiento. Lo que llamamos vocación puede aparecer de forma imprevisible cuando nosotros hemos ido construyendo una vida propia sin tener espacio para discernir cada paso que hemos ido dando. Y terminamos con una carrera hecha, tan complicada, y difícil ¡de pagar! Tenemos una pareja con la que nos va bien, una comunidad cristiana que nos satisface, buena salud, un trabajo serio y con posibilidades. Pero, sin esperarlo, sin saber el porqué, llega un momento y … ¡me falta algo!

Esa persona joven, que lo tiene todo, y le pregunta a Jesús: ¿Qué quieres? ¿Qué MÁS tengo que hacer para ser feliz? ¿Y si el Señor me pide que deje todo lo que me ha costado tanto trabajo conseguir? Y el puzzle no encaja, pero me resisto a que no encaje, del mismo modo que me resisto a aguantarle la mirada a Jesús, que es donde yo encuentro la respuesta. Y no necesariamente el Señor me pide que lo abandone todo, pero sí que me disponga a dejarlo todo para recibirlo todo como don. ¡Qué gran cambio de perspectiva!