Y al final de la vida ¿qué?

Cuando visito a la familia y discuto por alguna tontería con mi padre, suelo zanjarlo “amenazándole” en broma con que el día que sea un anciano achacoso dejaré que sea un desconocido quien le cuide y le asee. Nos reímos entonces los dos. Pero lo cierto es que solo nos reímos porque sabemos que jamás sería verdad.

Porque nos dan miedo la ancianidad y la soledad. Y no te cuento ya si van en pack. Sin embargo, algo que he visto en muchas personas, el llegar solos al final de la vida, nunca ha sido un miedo desde que soy jesuita. Y es que incluso antes de serlo, ya en el prenoviciado, conocí una de nuestras casas para mayores, lo que llamamos enfermería. Y desde entonces no ha habido ningún año en que no haya pasado una temporadita en alguna de ellas, particularmente en verano.

el llegar solos al final de la vida, nunca ha sido un miedo desde que soy jesuita

Porque son casas donde ves vidas muy gastadas, pero llenas de sentido; casas donde ves que los cuidadores ponen un cariño especial; casas donde los compañeros que aún están activos cuidan de los enfermos y mayores. Porque no son una carga, sino que nos alivian con su oración por todos lo que estamos en activo. Porque una de las mejores cosas en la Compañía es ver cómo se quiere la gente y se relaciona en amistad desde el novicio de apenas 20 años hasta el enfermo de 97. Por eso, me da miedo llegar a ser un viejillo con la cabeza perdida, dejar de ser quien verdaderamente soy. Lo reconozco. Pero jamás me da miedo la idea de estar solo cuando eso llegue, porque sé que no será así. Porque de mis mayores aquí he aprendido que en la Compañía se pueden cometer muchos errores, como en todas partes, pero no será uno de estos el ser ingratos con quienes han dado su vida entera al Señor en ella.