El susto

A finales de julio de 1995 terminé de escribir la carta en el que pedía al Provincial entrar en la Compañía. Días más tarde el Provincial me respondió afirmativamente, y con esa respuesta comencé a comunicar en mi entorno la noticia, ya oficial, de que me hacía jesuita. En el caso de mi familia, la noticia se acogió con respeto y con cariño, pero con susto. Aunque ya estaban advertidos de los pasos que iba dando, sospecho que tenían la intuición de que era una exploración y que al final no se concretaría esta opción vocacional. Pero resultó que sí, y en los plazos hablados, así que de repente se dieron cuenta que un miembro de la familia se hacía cura o algo parecido.

El proceso comenzó con un susto, pero con el tiempo se fue integrando la Compañía en la familia

La reacción más inmediata y llamativa para mi fue la de mi madre. Estuvo dos semanas que cada vez que me veía se ponía a llorar. Lo cual en casa se hacía la cosa un poco complicada. Mi padre y mis hermanos lo llevaron también a su manera. Es decir, sin exteriorizar mucho, pero llevando la procesión por dentro, una procesión que fue mucho más larga que la de mi madre, y que continuó hasta más allá del noviciado, con una mezcla de enfado, incertidumbre en la que no sabían muy bien cómo actuar.

El susto familiar, me hizo ver que el proceso de discernir y de formarme como jesuita lo hacía yo, pero no mi familia. La familia se enfrenta a una situación no esperada y que no sabe muy bien cómo situarse. Por un lado, sintieron el dolor y la pena de una aparente marcha de un miembro, pero con el tiempo la relación se ajustó a la nueva situación. Un ejemplo es cómo un día mi madre me dijo que hubiera estado bien que todos los hermanos hicieran el noviciado. El proceso comenzó con un susto, pero con el tiempo se fue integrando la Compañía en la familia, y en vez de verla como una suegra antipática, se descubrieron como parte de una familia mayor a la vez que peculiar que era la Compañía de Jesús.

 

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