¿Y si algún día te arrepientes?

No se puede saber y, además, tiene que ser así. La incertidumbre y el riesgo son las señales que indican avance en la vida. Un progreso auténtico, claro. El que implica escoger dentro del universo de posibilidades que se abren ante cada uno. En realidad, lo único que realmente tenemos, es un tiempo abierto y limitado. Elegir excluye dejarse llevar por los acontecimientos, las circunstancias y el paso del tiempo. Es asumir que el miedo es solo un compañero más de camino cuando se toman riesgos por decisiones que valen la pena.

Moldeados por nuestra cultura, la sociedad que nos circunda, nuestra morfología personal, el carácter que hemos ido construyendo, la herencia genética y familiar, la educación recibida, la libertad humana se mueve en un arco de hechos concreto, perfilado, pero no determinado. No hay acontecimiento insuperable, ni herida irreparable que inhabilite a la persona para tomar decisiones responsables. Siempre hay una brizna de libertad, una grieta de novedad en el horizonte para explorar nuevos caminos. No estamos determinados, estamos lanzados en una geografía humana específica.

Asimismo, somos frágiles y heroicos. Nos equivocamos mucho, hacemos el mal que no queremos y omitimos el bien que pretendemos. Inconstantes, paradójicos, contradictorios, los humanos gastamos muchas energías en no hacer y hacernos daño. También tenemos un lado exitoso, que genera riqueza, amistad, alegría a nuestro alrededor. Somos capaces de empresas que parecían imposibles. De hacer muy felices a otros y establecer relaciones justas.

Sabiendo todo eso, que es fundamental, cuando miremos atrás por última vez en la vida quedarán sólo dos vistazos. El de los nombres con los que estamos en deuda por habernos permitido amar y ser amados, aprender, reírnos, cuidar…

Y, finalmente, por encima de todo, quedará la inmensa alegría de haber seguido la iniciativa de Dios. Porque desde que honestamente percibí el aleteo de su Espíritu dentro, comprendí que lo único que podía hacer con mi libertad es ponerla al servicio de Jesucristo y su Evangelio. Esa es la única Vida que no termina, el único Amor que no defrauda, al que poder vincularse definitivamente.

Solo así nuestras cenizas tendrán sentido, polvo serán, más polvo enamorado.