Sin fe

He de reconocer que en ocasiones al percibir la absoluta indiferencia con la que se vive lo religioso en nuestra sociedad y la espalda que se le da a Dios, me provoca una gran tristeza. Esa tristeza viene del deseo que la propia experiencia de Dios, de sentirme en su presencia, de sentirme acompañado por Él, da un sentido a mi vida que quedaría distorsionado, incompleto y vacío, en parte, si no lo tuviera.

Pienso que vivir de espaldas a Dios puede parecer más cómodo, más sencillo, más útil. Esto no provoca en mí cansancio, porque vivo como un reto poder anunciar, con mi vida y mis acciones, con mi presencia y mi testimonio, que vivir desde Dios te hace vivir más plenamente, más intensamente, más decididamente.

No siento cansancio ante la situación actual de falta de práctica religiosa o de fe de la gente; pienso que vivimos un momento significativo en el que el ser humano está demasiado centrado en sí mismo y tiene una visión corta de la realidad, que no le permite descubrir y acoger el don de la fe, y que le incomoda para vivirla comunitariamente.

En parte, también creo que me cansa más descubrir actitudes dentro de la Iglesia y de las comunidades que en vez de ser testimoniales, son todo lo contrario y que justifican estas actitudes de increencia e indiferencia. Eso sí me cansa, me enfada y me entristece.