Respondiendo a lo vivido

 

 Ya estoy solo. Así vine al mundo y así me iré. Hay una soledad imposible de no percibir, que normalmente se quiere camuflar teniendo gente querida alrededor, que es la responsabilidad ante las consecuencias del ejercicio de la propia libertad. Ahí radica una soledad inapelable, ya que nadie más es garante de lo que haces con tu tiempo y energía.

No conozco otra fórmula ni receta. La muerte se prepara viviendo una vida desde el bien. Son los buenos actos encadenados, las opciones por el bien común, aunque sean arriesgadas para uno mismo, las que apuntan a una vida que no mira al corto plazo. Quizás sea eso la verdadera sabiduría: que el destino de lo que hacemos bajo las coordenadas espacio temporales de este mundo despliega un universo concreto. En realidad, solo se crean dos posibles futuros: el reino de los cielos o un infierno de egoísmo y apetitos.

 

En ese drama entre el bien y el mal, en el que la libertad humana está en liza, se fragua la posibilidad de convertir la propia vida en una ofrenda, más o menos útil, en pro del mundo soñado por Dios para todas sus criaturas.

solo cuando llegan esos momentos, y arde el punzón clavado en las entrañas, se puede responder conforme a lo que se ha vivido

Tengo mucho miedo a perder a personas queridas, a perder la salud, a sufrir, pero solo cuando llegan esos momentos, y arde el punzón clavado en las entrañas, se puede responder conforme a lo que se ha vivido. El final de la vida, que es la muerte, es el último de esos partidos que depende de un entrenamiento diario, de una existencia bien aprovechada. Una persona que ha volcado todos sus esfuerzos en amar a otros y en generar fraternidad, en el final de su vida, aparte de los mecanismos de supervivencia que nuestro cuerpo activa automáticamente, naturalmente se volverá a enfrentar a sí mismo, como siempre ha hecho, para entregar el último aliento como donación al servicio de un solo Señor: Jesucristo. Creo que ayuda recordar frecuentemente que la muerte, pero sobre todo la vida, se mira distinto sabiendo que hoy todo puede terminarse. Y que el único testigo que hay es Dios mismo, de donde salimos y a donde nos dirigimos, presencia continua que nos da una vida nueva en cada suspiro. Una posibilidad de recrear la propia existencia y la de alrededor, un regalo que aprovechar.

Creo que ayuda recordar frecuentemente que la muerte, pero sobre todo la vida, se mira distinto sabiendo que hoy todo puede terminarse.

La muerte es el último viaje que tenemos que hacer solos. En esa absoluta soledad, cuando tus manos yacentes se deslizan de las que quienes te acompañan en ese momento, solo Dios sabe qué es lo que realmente nos espera y sólo Dios puede acompañarnos. Igual que hay una parte de nosotros mismos que otros nos van revelando, es entonces cuando se nos dará a conocer nuestra auténtica identidad, a la luz de Jesús, el Hijo de Dios: somos hijos de Dios, hermanos de cada persona.