Testimonio

En la universidad

por

Cuando alguien te pregunta «¿dónde encuentras al Resucitado en tu vida diaria?» La verdad, es que inconscientemente comienzas a buscar en las grandes experiencias, en los hitos marcados por la presencia de Jesús… Pero, cuando vuelves a leer la pregunta, y reparas en las palabras “vida diaria” la cosa cambia. Ahí comienzas a contemplar tú día a día, las mañanas de camino en el autobús hacia la facultad, el despacho lleno de libros, las clases virtuales o presenciales, el regreso a la comunidad, las tardes en el cuarto nuevamente entre libros, o simplemente haciendo algún recado… Cualquiera puede pensar que ahí cuesta trabajo encontrar al Resucitado. Y la verdad que así contado, no se puede negar. Habría que aterrizarlo algo más…

Y es que toda esa retahíla está desligada de un elemento muy importante, al menos para mí, el encuentro con las personas. Encuentros que se dan cuando caminas por la calle, el cruce de miradas, las charlas informales en los pasillos de la facultad, el encuentro en las comidas con los compañeros, la llamada telefónica, la carta manuscrita (toda una reliquia) que recibes por sorpresa…, todo ello se convierte en posibles y reales puntos de encuentro con Jesús.

Aunque tal vez los momentos más significativos son cuando celebro la Eucaristía y comparto con otros ese don. También cuando me siento a la escucha en el confesionario o en el acompañamiento, esos momentos en los que te conviertes en medio que intenta facilitar (aunque torpemente) el encuentro con Dios. Momentos en los que sientes que desapareces, aunque estás muy presente, porque intuyes que Dios construye desde tus debilidades. Esos momentos en los que ves en tu interlocutor cómo se le ilumina la mirada de alguna forma, cuando sientes que en su corazón se abre una ventana a la esperanza, a la paz, a la confianza, a la lucha para seguir adelante. Ahí, en esos momentos, es cuando se produce mi encuentro con el Resucitado.