Testimonio

Ganar el mundo

por

¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero? (Mt 16, 26)

Esta frase que Jesús dirige a sus discípulos -y cuentan que san Ignacio de Loyola lanzó a san Francisco Javier en París- fue fundamental en los últimos años en que estudiaba la carrera de Derecho en Madrid, cuando sentía que el mundo me presentaba muchas opciones. En lo profesional podía opositar, trabajar en un despacho de abogados, quizás hacer un máster o buscar salidas profesionales en el extranjero; en lo personal, me atraía la idea de viajar mucho, casarme, tener una familia, varios hijos, etc. Todo eran cosas buenas, pero cuando entré en el noviciado a los meses de licenciarme, lo hice con una cierta sensación de rechazo a lo que el mundo me ofrecía. Después de casi trece años en la orden, lo veo de otra manera.

Ahora creo que el dilema de aquellos años no era abrazar el mundo o rechazarlo, sino responder a la manera en la que Dios quería que me situara en él. A menudo me preguntaba: ¿quién me había dicho a mí que la vida hacia la que iba encarrilado era la que yo quería vivir, o la que Dios quería para mí? A medida que fui dejando más espacio a la oración y a los sacramentos, fue aumentando en mí la conciencia de que hacer cosas, tener éxito profesional y familiar estaba bien, pero todo eso no servía de nada si arruinaba mi vida, es decir, si no hacía la voluntad de Dios. Dudaba de que incluso el voluntariado en el que participaba o la comunidad a la que pertenecía fuese todo lo que Dios me pedía y que me fueran a hacer feliz. Me repetía con frecuencia que lo importante no es lo que los demás pensaran de mí sino lo que Dios piensa de mí. ¿Cómo me quería presentar delante de Él en el día del Juicio? La pregunta por la vocación no surgió de repente sino que empezó desde un, ¿por qué no?

Abrir la posibilidad de ser jesuita en medio de todas las alternativas, dejó espacio para que Dios entrara de lleno en mi vida y me llevara al noviciado. La consagración por medio de los votos de pobreza, castidad y obediencia, y la ordenación sacerdotal han sido dos hitos sin los cuales no se entiende mi vida. A pesar de las muchas tentaciones que experimento y fallos personales, puedo decir junto a San Pablo: “lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo” (Fil 3, 8).