Testimonio

Los Ejercicios de mi vida

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A los dos meses de entrar jesuita, hace largos años, hacíamos en el noviciado los Ejercicios largos, de mes. Yo creía que eran unos días silenciosos y tranquilos. Pero, inocente de mi, cuando acabamos, el corazón me latía acalorado, tanto como para pedir ir de misiones a Cuba. La misma decisión que la mayoría de mis compañeros. Algo hermoso había ocurrido en aquellos días, a veces no fáciles. Algo se había encendido en nosotros: ¿una llamada? ¿una chispa, una luz, un encuentro…? ¿Un seguimiento que llevaba a elegir lo que Dios soñaba para mi? ¿La persona enamorada de Jesús? ¿una ingenuidad? O todo junto.

Después, año tras año, una luz se encendía, un latido, un río atraído por el mar, un intentar mirar las cosas y la vida “como si fueras nuevas”. Un grito, un reto, unas decisiones, una presencia inquietante e interpelante. No exenta de dudas, vaivenes, encuentros y desencuentros. La vida.

Cuando, al cabo del tiempo, he acompañado a jóvenes y mayores ayudándoles a “hacer los Ejercicios”, entre otras cosas jugosas, no he dejado nunca de predicar:

Primero, que Dios nos quiere como una madre. Y que eso da sentido a la vida, se enrosca en nuestras raíces, sostiene el equilibrio de nuestra bóveda, nos hace valientes y decididos, nos cura porque nos acepta pobres, pecadores, necesitados. Y todo ello con una inefable y gozosa alegría, buscando siempre sus ojos y su voluntad.

Segundo, que deseamos conocer por dentro a Jesús, para más amarle y servirle. Que cuando miremos su rostro, sintamos que Él nos envía a la vida; que nos reta a escuchar y seguir el grito de los pobres, donde está Él. Y nos quita el miedo (como a María)… Y nos envía ligeros de equipaje (como a Javier).

Y, tercero, que, como dicen los Ejercicios “Él nos trae el oficio de consolar, cómo unos amigos suelen consolar a otros”.  Intentar ser un consuelo, una caricia, un corazón para nuestro trocito de mundo. Y dejarnos siempre consolar, porque el que diga que no necesita consuelo miente. Además de que, haciendo estos menesteres, he encontrado los mejores amigos de mi vida. Y eso sí que es un consolador regalo.