Testimonio

Cuando menos te lo esperas

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Siempre me ha llamado la atención que Jesús resucitado no se apareció a todos, sino sólo a aquellos que «comieron y bebieron con él», a los que lo reconocieron como el Mesías. La percepción del resucitado tiene que ver precisamente con esto, con la dinámica pascual que resume los ciclos de vida, muerte y resurrección… de vuelta a una vida nueva. Ahora bien, ¿es esto posible?, ¿no es esto más que un ejercicio de pura proyección en el que ponemos lo que queremos ver? Si fuera así, ¿No vieron los apóstoles a Jesús resucitado justo porque lo querían ver resucitado? Desde una mirada creyente, la respuesta es contundente: No. Al resucitado ni se le quería ni se le esperaba, ¡aconteció!

El resucitado aparece en la vida siempre que, sin esperarlo, tras haber estado bregando y luchando por sacar un alumno adelante, de manera oculta, sin que éste lo perciba, lo reconozca, ni mucho menos lo agradezca… de repente un día te dice algo, o te hace un gesto, por el cual reconoces que una donación absolutamente gratuita tuya hizo que germinara en él un proceso interior que culminó en que éste se convirtiera en una mejor persona, como quiera que se entienda qué es eso de ser mejor…

El resucitado aparece cuando sin ver, uno confía en que mirando al otro, al hermano que Dios pone en el camino, tal como Dios lo mira, tarde o temprano sanará esa relación y a esa persona. Y el resucitado aparece cuando uno se abandona en la entrega y en el amor libre e incondicional a los otros, siendo testigo de su crecimiento interno… En ese momento, cuando uno mismo contempla eso que hace el Señor, uno se sana, y se convierte en testigo y apóstol.