Testimonio

Sufrimiento y Voluntad de Dios

por

Recuerdo a Teresa, una mujer que pedía en la puerta de mi parroquia. ¡Una mujer tan distinta a mí! Con otras heridas de la vida, otras ilusiones de futuro, otros deseos e inquietudes. En cambio, su mundo “paralelo” me asomó a algo profundamente transformador: la certeza de que Dios la miraba a ella con una ternura y compromiso insospechado para mí. Nos cuesta tremendamente acertar con el modo como Dios nos mira a cada uno. Pero mucho más fácil nos resulta intuir cómo Dios mira a otros, especialmente los que están en los márgenes, los que ven atravesadas sus vidas por el misterio del dolor.

Catorce años después me sorprendí pasando tres meses de verano en campos de antiguos desplazados por la guerra en Liberia. Era el año anterior a la decisión de ordenarme sacerdote. No acababa de vivirme con paz. Pasar a formar parte de la Iglesia más “jerárquica” me restaba profecía, comprometerme definitivamente en un modo clerical “manchaba” mi trayectoria de ir “de alternativo”, mis deseos de imitar a quien “se hizo uno de tantos”. Verme en aquel mundo africano tan radicalmente distinto me enfrentó de golpe con mi privilegio de “whiteman”, de “chico ONG”. Demasiado para mis pretensiones de “apóstol encarnado”. No acertaba a escuchar dónde me llevaba Dios ni a entender qué hacía yo allí.

Al regreso a España, sin capacidad alguna para decidir ni tener alguna claridad sobre lo vivido, lo que parecía un fracaso sobre el que pasar página me mostró con convicción que yo había roto, y que si aún estaba ahí era únicamente porque era Dios quien me sostenía. Fue la experiencia más nítida, recibida de aquel otro mundo liberiano, de que ordenarme no era “cosa mía” sino verdadera “vocación” del Otro.