“Por fin me tienes de jesuita, feliz y contento como no se puede ser más en esta tierra: reboso de alegría y no me canso de dar gracias a Nuestro Señor porque me ha traído a este verdadero paraíso, donde uno puede dedicarse a Él las 24 horas del día”.

Estas fueron las palabras que Alberto Hurtado escribió a su amigo Manuel Larraín cuando entró en el noviciado de la Compañía de Jesús en Chile y son las palabras que hoy yo repito. Ser jesuita es algo que nunca había ni imaginado cuando estaba en el colegio, o cuando me matriculé en una ingeniería en la universidad. En mis planes de futuro Jesús tenía un lugar, formaba parte de él, pero no era ni mucho menos determinante.

En la búsqueda de la felicidad y de ser un cristiano coherente el punto de inflexión lo marcó el comenzar a rezar con la pregunta: “Señor, ¿qué quieres de mí?” que durante años había visto en carteles que estaban por los pasillos del colegio. Mis planes estaban bien, pero eran mediocres en comparación con el horizonte de vida que Él tenía (y tiene) para mi. Y si quería ser coherente, ¿merecía la pena luchar contra el sueño de Dios? A mí no.

Ahora que soy jesuita en formación sigo rezando esa misma pregunta que marcó mi punto de inflexión, y dando gracias a Dios cada día por ayudarme tan suavemente a ponerme en mi lugar en el mundo. Cada noche, al acabar el día, rezo con la oración que San Ignacio escribió en las Constituciones para cuando hacemos los votos de pobreza, castidad y obediencia, “y prometo entrar en la misma Compañía para vivir en ella perpetuamente”. No sólo 24 horas al día como decía Alberto Hurtado, sino perpetuamente porque claramente ser jesuita es, mi lugar en el mundo.

Nubar J. Hamparzoumian Herrero-Botas SJ

 
 

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