Que nadie se acuerde de mí

Por muy paradójico que pueda parecer, sin duda, lo que más molestaría a San Alonso Rodríguez es que en este año nos detuviéramos a recordar el cuarto centenario de su muerte y organizáramos distintos eventos, como los que van a tener lugar en este mes de octubre, para evocar su persona.

En un mundo donde muchos hombres y mujeres tratan de dejar una huella en la historia de la humanidad que se recuerde a lo largo de los años, nos encontramos con personas como San Alonso que buscaron justamente todo lo contrario. Indagando en los porqués no vamos a encontrarnos con mojigatería ni con falsas modestias, aunque una lectura superficial de sus memorias nos pueda hacer pensar que sí. Detrás de este hermano jesuita nos encontramos con una trastienda llena de humanidad y también espiritualidad.

La humanidad de San Alonso se dibuja en el hombre que tiene que rehacer varias veces su vida -cuando muere su padre, cuando mueren sus hijos y su mujer-, en el hombre que tiene que luchar con sus tentaciones carnales; pero también en el hombre que atiende a las necesidades de aquellos que llaman a la puerta del colegio Montesión o bien de aquellos de los que tiene noticia.

San Alonso es un hombre con los pies en la tierra al que no se le han ahorrado alegrías y sufrimientos, pero eso no le impide, sino que más bien lo anima a acercarse a Dios y encontrar en él su único amor, y por el que va a dar durante más de 45 años su vida como jesuita en Palma de Mallorca.

La vida espiritual de San Alonso sorprende. No es una balsa de aceite, pues no son pocas las veces en las que siente sequedad en su oración, ausencia de Dios, abandono. Pasa por múltiples luchas internas en las que a veces se pueden colar los escrúpulos, el miedo, las tentaciones, la falta de seguridad en si lo que experimenta es de Dios o no. A su vez, no deja de reconocer los momentos en los que se siente confortado, consolado y animado por Jesucristo y la Virgen María, por la que siente gran devoción acudiendo a ella cuando, hasta Jesús y su Espíritu, no responden.

Al final consigue entrar en la provincia de Aragón como hermano coadjutor, aunque fuera para ser santo.

San Alonso se ve a sí mismo como la peor criatura nacida. Al mismo tiempo, es incapaz de ver en los otros la maldad que no deja de ver en él. No proyecta sobre los otros su pésima percepción de sí mismo. Lejos de deprimirse o cerrarse sobre sus heridas, se abre a la misericordia de Dios a través de los sacramentos, la oración y la misión que desempeña como portero en el colegio.

Ahora bien, esta visión personal de sí mismo lo conduce a una serie de miedos que, de vez en cuando, lo paralizan y lo muestran preocupado. Los dos mayores miedos que repite en sus memorias son el incumplimiento de la voluntad de Dios a causa de su pecado, que su quehacer diario se aleje del deseo que Dios tiene para con San Alonso. Vinculado a esto, está su segundo gran miedo: que lo expulsen de la Compañía de Jesús. Cuando llama a la puerta de la Compañía de Jesús, San Alonso es ya un hombre mayor (39 años), al menos para iniciar estudios eclesiásticos, o un proceso de formación exigente. Al final consigue entrar en la provincia de Aragón como hermano coadjutor, aunque fuera para ser santo.

Y podríamos decir que lo consigue, en vida y más allá de ella, porque lo que va a generar atracción y admiración hacia su persona precisamente va a ser su santidad. Quien trata con San Alonso pronto sabe reconocer en él a un hombre de Dios, a un santo, no a un frailuno santurrón. Eso es lo más impactante de él.

Muchas personas principales de la Ciudad de Mallorca, pero también multitud de personas sencillas, e incluso sus compañeros jesuitas, acuden a San Alonso para conversar, para encomendarse a sus oraciones, para que haga algo frente a su maltrecha salud o sus necesidades personales. San Alonso, de manera discreta y sin hacer acepción de personas, va introduciendo en su oración estas intenciones y a muchas personas a las que considera necesitadas de la gracia de Dios. Él encuentra en este oficio de orar por los demás la manera más acertada para alcanzar lo que se desea. No se trata de un automatismo, pero está claro que muchas veces San Alonso es capaz de descubrir la relación entre la oración de petición y los acontecimientos de la vida. Así lo escribe en múltiples ocasiones cuando sus superiores le ordenan escribir sus memorias espirituales.

Su muerte, el 31 de octubre de 1617, conmociona a toda la ciudad. Desde la mañana son multitud las personas que se congregan en la Iglesia del colegio de Montesión. El relato de los hechos por el P. Marimón, más allá de la forma, nos hablan de una población que llora la ausencia del santo jesuita, pero que sobre todo expresa su cariño y amor a quien ha sido durante más de cuarenta años una luz en medio de las tinieblas de muchas vidas. Ya el mismo día de su muerte se producen milagros, pero el auténtico milagro han sido todos los años en los que este segoviano ha dado su vida por los demás, viendo en ellos al Dios al que ama y que lo llena de alegría verdadera. 

Diego de Kisai Haro Martín, SJ.

Dibujo: Ignasi Flores