Que nadie se acuerde de mí II

Y a nosotros todo esto, ¿qué? Es evidente que la vida de San Alonso no tiene mucho que ofrecer si no somos capaces de dejarnos interpelar por ella. Es verdad, con San Alonso pasa como con muchos otros santos y santas, una imagen demasiado edulcorada y algo ingenua de su persona es la que ha terminado imponiéndose, y por eso mismo nos puede parecer alguien del siglo XVI, pero no del siglo XXI.

Si fuésemos capaces de superar esa primera barrera y bajáramos a profundizar algo más quizá nos podrían interpelar algunos de los aspectos vitales por los que este hombre no sólo es santo, sino que era reconocido como tal:

La oración. Muchas veces encontramos dificultades para entender el papel real de la oración en nuestra vida, especialmente cuando se trata de pedir por causas aparentemente perdidas. Es verdad que San Alonso trata de fijar aquellas ocasiones en las que su oración recibió la respuesta que él esperaba, pero hemos de ir más allá. San Alonso no reza porque crea en un Dios milagrero que da la vida o la quita según se le antoje. San Alonso, reza, y mucho, porque ahí es donde entra en contacto con Dios, porque ahí es donde va entendiendo las maneras de Dios -que no son exactamente las nuestras-, porque ahí es donde la esperanza, el amor y la caridad agrandan su horizonte. Sólo en orando podemos entender lo que le sucede a San Alonso. En este sentido su vida es una llamada constante a rezar, a pedir y a confiar.

La disponibilidad. San Alonso es un hombre de acción. No es un hombre recluido y cerrado sobre sí mismo. Allá donde lo manden, allá está. Vive la obediencia con radicalidad y confianza, a veces ciega. Siente que Dios usa de intermediarios para hacerle llegar su voluntad. Muchas veces no entiende, pero no por ello deja de estar disponible. Como María, San Alonso se hace presente y medita todo lo que le sucede en su corazón. Le encantaría ir a las misiones de América, pero serán otros -San Pedro Claver- quienes vayan. Obedece y está disponible. En nuestros días obedecer suena mal, pero sólo quien experimenta que Dios se ha adelantado a nosotros obedeciendo y haciéndose disponible puede entender que la obediencia de San Alonso ni infantiliza, ni resta libertad.

El anonimato. San Alonso trata de pasar desapercibido, y de hecho casi lo consigue si no llega a ser porque lo obligan a escribir sus memorias y porque nada, ni nadie, puede parar la fuerza de las buenas obras y el amor real, el que se expresa en tantas personas que tras su muerte se agolpan a darle el último adiós. Hay quienes todavía creen que ser portada en un noticiario o ser un fenómeno viral en las redes vale mucho más que la labor callada e irreconocible; sin embargo, la historia nos muestras que no, que es verdad que Dios, que ve en lo escondido, recompensará.

El beato jesuita Francisco Gárate, el santo de lo ordinario, portero en la Universidad de Deusto, nos recuerda que personas como San Alonso Rodríguez no son una especie de dinosaurios del pasado dignos de estar tras una vitrina, sino un hombre que todavía es modelo para muchos y muchas que podemos identificar y que como San Alonso no buscan notoriedad, aunque nosotros los conocemos y reconocemos.

9 septiembre 2017. Memoria de San Pedro Claver, discípulo espiritual de Alonso.

Diego de Kisai Haro Martín, SJ.

Dibujo: Ignasi Flores