San Pedro Calungsod y Bto. Diego Luis de San Vítores

Los deseos, esos buenos y santos motores del corazón, si no se acompañan de realidad, quedan estériles. De ahí que San Ignacio insista tanto en "preparar y disponer": ponerse manos a la obra. Y esto cuesta. Típicas frases como "a en punto me pongo a estudiar", "el lunes empiezo la dieta" o "cuando tenga un hueco lo hago" terminan siendo excusas para nunca ponerse en marcha o hacer las cosas a medias. el beato Diego Luis de San Vitores y S. Pedro Calungsod emergen como modelos del "hombre que no espera", que no posterga el momento de pasar a la acción.

Aquélla no era una tierra fácil

El primero, jesuita castellano, desde su entrada en el noviciado e incluso postrado por enfermedad, pedía con insistencia ser enviado a las misiones. El segundo ni siquiera esperó a ser jesuita para entregarse y con 18 años acompañaba al P. San Vitores en la misión que por aquel entonces se conocía como Isla de los Ladrones. Aquélla no era una tierra fácil. Tuvieron grandes oposiciones para comenzar la misión y una vez allí, las reacciones fueron diversas. A la aparente buena acogida siguió un tiempo de hostilidad y división. Pero ello no impidió que ambos siguieran cumpliendo con la vocación con que Dios les encendía el corazón. Tanto, que cuando su "sí" supuso arriesgar la vida, así lo hicieron.

Dibujo: Ignasi Flores