Arraigados y cimentados en Él

Uno de los pilares fundamentales del noviciado es el tiempo de la oración personal. En la distribución ordinaria encontramos dos momentos especialmente dedicados a ello: el primero, por la mañana, después de rezar juntos Laudes, de una hora; y el segundo, media hora antes de la misa comunitaria.

Es una experiencia esencial del noviciado porque es la base de la “vida nueva” que queremos iniciar. El jesuita pretende con toda su vida dar testimonio de Jesús. Pero esto exige la experiencia personal con Aquel que se quiere anunciar. Una verdadera experiencia de Amor que nos vuelve disponibles ante cualquier misión y sensibles para saber “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”.

Según el P. Arrupe “El noviciado es ante todo escuela de oración”, es decir, es donde se ponen los cimientos para que Dios sea realmente nuestro Principio y Fundamento. En el encuentro personal y diario con Jesús en la oración, el novicio desea aprender de su Maestro. Contemplar, meditar, orar la vida de Jesús provoca un deseo fuerte de imitación que lo integra todo.

Orar la vida de Jesús provoca un deseo fuerte de imitación que lo integra todo

Hoy pedimos con Arrupe:

“Danos esa gracia, danos el “sensus Christi”, que vivifique nuestra vida toda y nos enseñe -incluso en las cosas exteriores- a proceder conforme a tu espíritu. Enséñanos Tu “modo” para que sea “nuestro modo” en el día de hoy y podamos realizar el ideal de Ignacio: ser compañeros Tuyos, “alter Christus”, colaboradores Tuyos en la obra de redención”. (Invocación a Cristo modelo).