Testimonio

Es real

por

Volviendo de un encuentro de jesuitas en formación, tengo tiempo para pensar en lo vivido.
Por fuera nada extraordinario: veintitantos jesuitas jóvenes reunidos un fin de semana para
compartir vida y misión. Pero por dentro, lo que siento es una necesidad casi urgente de
gritar algo muy simple: “¡Es real!”.
Que es real que Dios llama. Que nos ha llamado y sigue llamando. Que la fe lleva a personas
normales a entregarlo todo por el Evangelio. En procesos largos, con dudas, con idas y
venidas… pero en los que se acaba haciendo verdad aquello de que dejaron las redes y lo
siguieron. ¡Se hace real!
Son también reales los retos, la sensación de disminución, de futuros inciertos. Este
mundo que parece bastarse sin Dios y que nos dispersa en búsquedas que no sacian. Es
real la soledad que a veces duele, y lo bonito –lo de Dios– en lo no elegido. Pero es real
también la escucha, el encuentro con el otro. Es real la misión que nos une y nos hace
compañeros: quienes comparten el pan. No por conveniencia, sino porque no han querido
tener otro pan que el que pueda alimentar a otros. ¡Y eso es real!
Es también real que muchas veces estamos lejos de esto. Son reales las limitaciones y los
tropiezos. El acomodamiento. Pero eso no hace la vocación menos real; más bien al
contrario: quizá es ahí donde empieza una respuesta verdadera. Cuando comprendes lo
que está en juego y, aun así, quieres quedarte.
Pues es también real el deseo sencillo pero profundo de hacer el bien. De que eso lo decida
todo. De no dejarse nada en el tintero, y gastar la vida cada día. Sin fanatismos ni
espiritualizaciones raras, pero tampoco más garantías que la intuición de que lo único que
pierdes, en el fondo, es lo que decides no dar.
Y eso es real. Esa libertad, esa felicidad, son reales. Yo lo he visto. Es tan real que quema
por dentro. Es tan real, si me permitís, que a veces no entiendo cómo otros parecen
resistirse tanto a verlo. Yo que tanto miedo he tenido y tengo, y tantas excusas he puesto y
pongo. Pero aquí estamos. Porque es real, y tenía que decirlo. Es más, no he podido sino
gritarlo: ¡ES REAL!

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