Noviciado

Una misión inesperada

Te levantas un sábado, como siempre, a las ocho. Te aseas, vas al rezo comunitario de Laudes, haces tu rato de oración y desayunas. Comienzas los servicios de la casa, más concretamente, ordenando el caos de libros que hay en la biblioteca del Noviciado. De repente el maestro de novicios, te llama a ti y otro compañero, y con un libro por etiquetar aún en la mano, te sientas frente a el maestro y al superior de la comunidad. En ese momento sabes que algo grave pasa. Comienza la reunión y salgo de ella con mis planes de la tarde cambiados: tengo tres horas para hacer la maleta e irme a Loyola con mi compañero de Noviciado y amigo en el Señor.

Con «grande ánimo y liberalidad» llegamos a Loyola, y nada más bajarnos del coche, vivimos el entierro de un compañero jesuita. Inmediatamente después, entramos en la enfermería, el lugar donde viven los compañeros que por salud necesitan cuidados especiales. La sorpresa es que la enfermería, tal y como nos habían advertido, estaba algo distinta. Los pasillos llenos de mesas con todo tipo de protecciones de plástico, gel hidroalcohólico… Los auxiliares y enfermeros parecían astronautas de la NASA y mi memoria solo hacía pasar por la cabeza las imágenes de los telediarios en plena pandemia. 

Todo esto ocurrió en octubre, cuando parecíamos estar cerca de la nueva normalidad, el tiempo en el que volvimos con mayor seguridad a los bares, a la vida de ocio, a viajar, a la clase presencial… La incidencia acumulada era de las más bajas desde que empezó la pandemia y, sin embargo, la enfermería de la Comunidad de Loyola se veía afectada por el coronavirus. Y lo hacía por primera vez desde que iniciaba la pandemia. La situación era la misma que en cualquier residencia de mayores: aislamiento, medidas de prevención, plástico por allí y por allá… La batalla que se inicia ante un virus que no se achanta con facilidad.

Con un nudo en el estómago, prestaba atención a la enfermera que, con paciencia, nos explicaba todo el protocolo a seguir. Y mientras tanto pensaba: «Madre mía, necesito papel y boli para apuntar tanta cosa». De repente, te asomas al espejo y te ves en uno de esos trajes de astronauta. Y ya directamente al lío, ¡y vaya lío!

Te miento si te digo que no estaba asustado y preocupado. Era la primera vez que era consciente de estar cerca del dichoso bicho. Sin embargo, esta es una de esas veces en las que me sentí llevado de la mano por un Dios que se colaba por cada una de las esquinas de la enfermería. No te voy a hablar de las tareas cotidianas en la enfermería: dar de comer, asear, levantar o acostar a los mayores… Te quiero hablar de lo que es vivir con alegría profunda una experiencia complicada.

El ritmo era intenso, cansado, con dolor de orejas por llevar tantas horas la mascarilla, la tensión de no saltarte el protocolo e infectar a otra persona más… Es aquí donde me di cuenta de la importancia de sentirme sostenido solo en Él; que, ante tanto horror y cansancio, el motor de mi vida era Él; que mi trabajo era para Él; y que mi alegría provenía de Él. Que era un simple instrumento que quería, por imitación del mismo Cristo, servir en trabajos sencillos y humildes. Y que como continuación de mi vida de noviciado esto era una experiencia tejida por el mismo hilo que la rutina diaria, el de la alegría profunda de caminar junto a Cristo.

* No quiero terminar este fragmento sin agradecer el cariño, la atención y el esfuerzo del personal de la enfermería de Loyola. Un ejemplo de tantos sanitarios que siguen luchando a lo largo y ancho del mundo contra el COVID. Desde luego, después de mi experiencia exclusivamente de una semana, no quiero ni imaginar lo que es llevar ya año y medio luchando con esta pandemia. Pido al Señor fuerza y ánimo para todos.