Hay casos en los que la única cosa que se puede hacer es ser católico. Así se expresaba una periodista agnóstica o atea en una columna que leí en el periódico a principios del verano pasado. En su caso, su vuelta al catolicismo durante 45 minutos se debía a un atasco que la pillo en la M-30 camino del hospital en donde su padre estaba a punto de morir. Su oración, una súplica para llegar a tiempo y ver todavía con vida a su padre. Por suerte, o por gracia, le esperó.

Lo cierto es que ese artículo me dio que pensar. Rezamos por lo que nos importa, por aquello o aquellos con quienes tenemos un vínculo especial, por nuestros deseos más profundos y nuestras necesidades más hondas: la salud de un familiar, que la vida le sea favorable a los nuestros, por el desenlace oportuno de una situación en lo que nos va la vida… Cada cual tiene sus ejemplos. Y como la periodista, todos somos más creyentes en momentos límite, incluidos los cristianos. Es precisamente a nosotros a quienes nos toca integrar en nuestra oración pedir por las vocaciones y, de un modo más concreto, por las vocaciones a la Compañía.

En un mundo donde lo vocacional no abunda y los criterios de discernimiento se limitan en muchos casos a la opción más cómoda, al “me gusta” o “me hace sentir bien”, pedir por las vocaciones es rezar para que en nuestra vida el peso de nuestras decisiones esté puesto en el Señor. Es dar prioridad a la confianza por encima de las seguridades, a dejarse conducir por Dios. Es el reconocimiento de que no podemos vivir aletargados nuestra fe, porque nadie fue ayer, ni va hoy, ni irá mañana hacia Dios, por este camino que yo voy. Rezar por las vocaciones es, pues, pedir la audacia para que cada uno se atreva a andar por el camino virgen que Dios le tiene reservado. Y para algunos, esa travesía conduce a la Compañía.

Vivir en pobreza, castidad y obediencia puede ser camino de una radical libertad, aunque no esté exento de dificultades. Nos apremia alimentar con nuestra oración que las historias románticas no son las únicas posibles. Pedir por las vocaciones a la Compañía es abrir a los jóvenes los ojos a que se puede encontrar sentido y amor en una vida al estilo de Jesús. En eso, el ejemplo de san Ignacio resulta muy importante. Expulsado de Tierra Santa tres semanas después de llegar allí por la inestabilidad de la guerra y con un proyecto de vida truncado, sin saber qué hacer ni adónde ir, descubre que siguiendo al Señor no podía perderse. Tampoco lo hará aquel a quien Dios invite a entrar en la Compañía. Así pues, hagamos por todo ello lo más profundo que se puede hacer en estos casos, rezar y dar testimonio con nuestra vida, porque Dios sigue llamando.

Ser Jesuita
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