
Veinticinco años. Dicho así, parece mucho. Y lo es. Aunque si uno mira hacia atrás tiene la extraña sensación de que todo ha pasado bastante deprisa. Veinticinco años desde aquel día en que, con una mezcla bastante difícil de explicar de ilusión, incertidumbre, generosidad y cierta inconsciencia, empecé este camino lleno de compañeros y buenos amigos. Porque uno entra en la Compañía pensando que más o menos sabe dónde se mete. Y después descubre que Dios tiene bastante más imaginación que uno.

Mi vocación es una historia de amistad. Una historia en la que uno va diciendo: «Sí, Señor». Y Dios responde: «Muy bien. Pues ahora, por aquí». Y uno descubre que ese «por aquí» no estaba exactamente en sus planes. Dios me ha dado muchas sorpresas. Por ejemplo, la de mandarme a un colegio a dar clases. Empecé creyendo que enseñar consistía en explicar cosas a otros. Con los años descubrí que enseñar consiste también – y quizá, sobre todo- en dejarse enseñar. Por los alumnos, por sus preguntas, por sus ocurrencias, por sus silencios y hasta por esas caras que dicen con toda claridad: «Cristóbal, no nos estamos enterando absolutamente de nada».

Desde hace unos años me dedico al ámbito de la espiritualidad ignaciana, a dar Ejercicios Espirituales y cursos. Uno se vuelve muy creyente en este ministerio al comprobar cómo Dios actúa en las criaturas. Y vuelvo a descubrir algo que Ignacio sabía muy bien: que los Ejercicios no consisten en meter a Dios en la vida de alguien. Consisten, más bien, en ayudar a esa persona a descubrir que Dios ya estaba allí. Quizá por eso estos años me están haciendo mirar de otra manera todo lo vivido. Las clases no fueron un paréntesis en mi vocación. Las comunidades no fueron simplemente lugares donde vivir. Las dificultades y tropiezos no fueron solamente dificultades y tropiezos. Los encuentros, las amistades, las decepciones, las luchas…todo ha ido formando parte del mismo camino.
