Es cierto que la vida como jesuita está centrada y fundamentada en el mes de Ejercicios Espirituales que san Ignacio experimentó y ofreció a quienes acudían a él. También el peregrinar y el servicio en hospitales marcaron la vida de los primeros compañeros jesuitas. Pero hoy, ¿qué otras experiencias configuran la vida de un jesuita?
Durante los dos años de noviciado, las Constituciones de la Compañía de Jesús proponen seis experiencias que todo novicio debe atravesar. En el segundo año, el novicio es «enviado en misión» a otra comunidad: es lo que habitualmente llamamos mes de comunidades apostólicas. Pero esto, ¿en qué consiste?
La Compañía de Jesús distingue entre casas, «formativas» y «apostólicas». Al salir durante cuarenta días del noviciado y unirse a la misión junto a otros compañeros, se comprende mejor lo que señalan las Normas Complementarias: «…ya desde el noviciado, toda nuestra formación se debe entender y promover como un proceso de integración en el cuerpo apostólico de la Compañía, como formación para la misión» [NC 45, 1].
A lo largo de la experiencia, la misión es variada, pero también es un tiempo de probación. Algunos compañeros lo expresan así: «Romper el horario del noviciado y cuidar mi vida espiritual, fue uno de mis mayores retos»; «Hablar sobre mi vocación a otras personas no fue tan sencillo»; «A veces, el simple hecho de estar presente ya era misión, aunque no lograba comprenderlo del todo». Son muchos los ámbitos en los que nos movíamos, siempre con la disponibilidad y el servicio por delante.
Estos días fuera del noviciado están profundamente unidos a la experiencia de ser contemplativos en la acción. Reconocer la presencia de Dios en lo cotidiano, en nuestra misión compartida, en los encuentros sencillos y en nuestras limitaciones. Este acercamiento a la misión se convierte así en un camino de configuración con Jesús, al servicio de aquellas personas que nos necesiten. En pocas palabras, volvemos al noviciado con un corazón agradecido y lleno de nombres, rostros y experiencias.

