
Mi infancia estuvo marcada por la vivencia de la fe en mi familia, unida sobre todo a mis abuelos Carmen y Guillermo. En mi Parroquia de San Andrés, donde aprendí lo que significa la comunidad cristiana y la religiosidad popular. Y en mi Colegio de las Jesuitinas, donde me enseñaron a orar y a tener una relación con Jesús y con la Virgen.

Con 19 años, estudiando en Valladolid, conocí a la Compañía de Jesús a través de los jesuitas del Centro Loyola. Allí descubrí que la pregunta vocacional que llevaba dentro desde niño, tenía su respuesta en la espiritualidad de San Ignacio de Loyola.

El día de mi ordenación sacerdotal fue muy importante para mi proceso vocacional. El Señor me hizo experimentar una paz y una consolación muy profundas que venían de la certeza de ser aquello para lo que Él me había creado. Y también, un gran sentimiento de responsabilidad al saber que debía cuidar un regalo tan grande y ponerlo al servicio de los demás.
