Testimonio

Mi vocación en 3 imágenes: José Olea sj

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Mi historia de fe arranca en mi pueblo, Almodovar del Campo (Ciudad Real), donde pasé todos los veranos de mi infancia con mis abuelos, tíos y primos. Allí, recuerdo hablar con Dios en la hora de la siesta para recortar la distancia y los kilómetros que me separaban de mi madre, a la que echaba de menos y por la que pedía. Sin saberlo, estaba rezando. El Sagrado Corazón que presidía la habitación de mis abuelos, los domingos en misa o el susurro de la oración de mi abuela antes de irse a dormir sembraron en mí la semilla de mi relación con el Señor y de la vocación mucho antes de conocer a la Compañía de Jesús.

Si como adolescente me fui alejando poco a poco de Dios, en mi etapa universitaria ser monitor de ocio y tiempo libre en el Esplai Sant Ignasi de Lleida me acercó de nuevo al Señor. En primer lugar, gracias a la alegría que descubrí en el servicio y a la espiritualidad ignaciana. La posibilidad de encontrar a Dios en todas las cosas y de formar parte de una comunidad joven que trataba de discernir su vida desde la fe me marcaron con fuerza. Más tarde, la amistad con jesuitas jóvenes provocó en mí la siguiente pregunta vocacional: “¿quiénes son estos hombres que hacen estas cosas y que las hacen de esta manera?”. Se estaba abriendo en mí el deseo de vivir como ellos. Finalmente, los Ejercicios espirituales me ayudaron a confirmar este deseo incipiente y a dar el paso, no sin miedo, de entrar en la Compañía de Jesús.

Un signo que en muchas ocasiones me ha ayudado a confirmar la vocación es que nada de lo imaginado y soñado por mí para mi vida ha sido mejor que lo que Dios me ha dado a vivir. Como jesuita he hecho amistades, conocido lugares y vivido experiencias que han sido para mí lugar insospechado de Dios donde Él se ha manifestado con una fuerza poderosa. Inimaginable fue también el lugar y el modo en el que celebré mi primera misa: una parroquia popular del municipio de Saint-Denis, al lado de París, en francés y lejos de mi familia. No fue una elección, sino más bien un hecho que se impuso a la fuerza a causa de mis obligaciones allí, pues era donde estaba destinado entonces. En aquel momento no lo estaba pasando bien en Francia, pero presidir mi primera Eucaristía allí tuvo para mí un gran sentido: en medio del destino más difícil que he vivido hasta el momento, el Señor siguió fiel a su promesa conmigo en los gestos y palabras de aquella gente sencilla que tanto me enseñaron.

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