Antes de entrar en el noviciado, era común medir nuestros trayectos en música: «estoy a cinco canciones del trabajo». Cada viaje era una oportunidad para descubrir a nuevos artistas, repasar viejos temas o seguir escuchando a nuestros grupos favoritos. La música lo inundaba todo: las horas de estudio y de lectura, los ratos de descanso, las comidas, los paseos y el tiempo en el gimnasio. El silencio era una compañía incómoda; hemos pasado años combatiendo el silencio.
Días antes de empezar el noviciado, muchos tuvimos que cancelar nuestra suscripción a Spotify. Dejar el móvil no solo significa abandonar la imagen, sino también el ruido: las playlists, los audiolibros, los podcasts… de pronto nos topamos con el silencio, aunque esta vez sin armas para hacerle frente. Silencio al levantarse y al acostarse; silencio en el cuarto y en los pasillos; silencio en la oración, en la lectura y en el estudio. En el noviciado, hay dos grandes espacios de silencio: desde que nos retiramos a nuestros cuartos, por la noche, hasta el desayuno del día siguiente y, por otro lado, desde las 19:00 hasta la cena.
Estar en silencio es como estar inerme ante el mundo que nos rodea: escuchar la voz del pobre que pide en una esquina, las risas de los niños que juegan en el parque o el canto de los pájaros cada mañana. Poco a poco, vamos descubriendo que también hay vida en el silencio: las palabras cobran más fuerza; la lectura de una poesía te sobrecoge, te emociona y después, casi más importante, te deja de emocionar. Reposas la lectura; vuelves a las palabras, una por una. Hemos dejado atrás la estimulación constante del teléfono móvil.
Además, los espacios de silencio nos disponen para la oración. Guardamos silencio durante la noche y al levantarnos, con el fin de prepararnos para la oración de la mañana. Del mismo modo, guardamos silencio durante la tarde antes de celebrar la Eucaristía. En el silencio interior y exterior, sin las barreras que antes levantábamos, es más fácil escuchar la voz de Dios.
En el noviciado también hay espacio para la música: para las clases de guitarra y los ensayos con el coro. Además, durante la Eucaristía diaria se acompaña la celebración con la guitarra y el canto. La música es alabanza a Dios, expresión de nuestra alegría. Es frecuente que, después de la celebración, los novicios sigamos cantando la letra de alguna canción: «llévame donde los hombres necesiten tus palabras». Es posible que, durante el examen ignaciano de la noche, esa letra nos vuelva a resonar; debemos preguntarnos, entonces, si es Dios quien nos canta en el silencio.
