Testimonio

El garaje de la Storta: un grafiti ignaciano en el centro de Madrid

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Solo un grafitero puede salvar la puerta emborronada por otros grafiteros. Una pintura coherente, firmada por uno de ellos, es habitualmente respetada por sus congéneres, y así se puede mantener libre de otras posibles repintadas invasoras. En general se opta, dado que se trata de entradas de vehículos, por pintar la imagen de un automóvil.

Es lo que ha sucedido en la residencia San Pedro Fabro de la Compañía de Jesús, situada en la calle Santísima Trinidad de Madrid. Solo que esta vez la alternativa no deja de ser original: recrear un episodio clave en la vida de Ignacio de Loyola: el camino hacia Roma y la aparición de la Storta, que tuvo lugar a mediados de noviembre de 1537.

El humilde “Dos caballos” evoca la trascendental meditación de las Dos Banderas de los Ejercicios Espirituales. La matrícula, el año del nacimiento del fundador junto a su divisa, AMDG, Ad maiorem Dei gloriam. El emblema del capó, el Nombre de Jesús (IHS), mientras que al fondo, el camino serpea en el horizonte hacia la capilla de la visión.

Aquel día Loyola iba harto consolado, sobre todo después de comulgar cada día de mano de uno de sus compañeros. De rodillas pidió a Nuestra Señora, la madre de Jesús, que le alcanzase de su hijo la gracia de ser recibido bajo la bandera de Cristo. Al antiguo gentilhombre y caballero de armas la bandera era todo un símbolo de enrolamiento, orgullo, entrega y pertenencia. Ya había descubierto en su conversión de Loyola, que había como dos estilos, dos banderas para orientar vida, la de la paz y la sencillez del buen caudillo Jesús, y la de la ambición, el poder y la turbación del mal caudillo.

En la umbría del pequeño santuario, cercano a la Isola Farnese, junto a la vía Cassia, que une Siena con Roma, se le representó Jesús con la cruz a cuestas, al lado de Dios Padre. Se sintió como transformado por dentro y advirtió claramente que el Padre Eterno le imponía en el corazón estas palabras: Ego ero vobis Romae propitius: “Yo os seré propicio en Roma”.

Y en ese instante se le mostró una visión de Jesucristo llevando la cruz y el Padre Eterno a su lado, que decía a su hijo: “Yo quiero que tomes a este por servidor tuyo”. Entonces Jesús dirigiéndose a Íñigo, le decía: “Yo quiero que tú nos sirvas”.

Al salir de la capilla, encendido por la visión trinitaria, dijo a sus compañeros Pedro Fabro y Diego Laínez que no sabía que querrían decir aquellas palabras que acababa de escuchar en su alma. “Tal vez vamos a ser crucificados en Roma”, comentó. Después de tan singular experiencia los tres vieron claro que, confirmados por la visión mística, el nombre elegido para su grupo era sin duda el más acertado: Compañía de Jesús.

Una leve brisa italiana soplaba sobre sus rostros, aliviando la cansina humedad de la urbe, y refrescaba a aquel grupo de entusiastas hombres jóvenes, que efectivamente encontraron abiertas y propicias las puertas de Roma. Uno de los testigos de ese gran momento era Pedro Fabro, el santo que precisamente da nombre en Madrid a esta céntrica residencia y hospedería jesuítica.

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