Testimonio

Jornada de oración por las vocaciones: un día para orar

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No se trata de un día para hacer u organizar más cosas. Tampoco para pensar en cómo sensibilizar a otros sobre la necesidad de las vocaciones a la Compañía, ni para intentar de que aquel joven que está en grupos se plantee que podría ser jesuita. Se trata de una jornada para orar a Dios. Para quitarnos nosotros del centro y ponerle a Él, como dueño de la viña, o “sumo capitán y señor nuestro” como dice San Ignacio en los Ejercicios.

No es un día para pensar en qué es lo que puede hacer un jesuita y qué puede ser sustituido o asumido por un laico. Sino que se trata de una jornada para dar gracias a Dios, con corazón agradecido, por ese don inmenso que hizo a su Iglesia a través de San Ignacio con la Compañía de Jesús. Para agradecer la vida y la entrega de tantos y tantos jesuitas como a lo largo de nuestra historia han sido luz del mundo, que ha señalado y guiado el camino de los creyentes, muchas veces como punta de lanza en medio de las fronteras, y también como sal de la tierra, escondida como la levadura en medio de la masa de la Iglesia, haciéndola fermentar con la gracia de Dios y dándola el sabor del Evangelio.

No es un día para hacer cuentas, lamentándonos por el descenso de los números o por la falta de presencia en obras e instituciones. Es una jornada para pedir al dueño de la mies que envíe obreros a sus campos y también para que nos ayude a ser instrumentos que iluminen esta vocación y la conviertan en una posibilidad para la vida de los jóvenes. Para que nos enseñe a quitarnos del medio y dejar que el centro del todo lo ocupen Jesucristo al que queremos servir, y su Evangelio que queremos transparentar. Para que nos recuerde que las vocaciones son una semilla que Él siembra en el interior de cada corazón, y que nosotros debemos ayudar a descubrir, afrontar y cuidar.

No es un día para pensar solo en el futuro, en los que vendrán. Sino que también es una jornada para recordar a los que están. Para orar por las vocaciones de los jesuitas con los que convivimos, por las de aquellos con los que hemos compartido alguna etapa del camino de la vida, por las de los que queremos y por las de aquellos con los que quizá no nos entendemos. Un día para pedirle al Señor que les dé el don de la perseverancia, con esa fortaleza que nace de quien remite y alimenta su vida solo desde Él. Un día para orar por quien vive su entrega en la Compañía con entusiasmo, por el que vemos superado, cansado o decepcionado, por quien lucha contra la crisis, el hastío o el desánimo, poniendo nombres y apellidos en nuestra oración.

Un día para orar y para enseñar a los nuestros a orar. A los que trabajan con nosotros, a nuestros alumnos, a los jóvenes, a las personas a las que queremos servir. Una jornada para mostrar con el ejemplo que no hay arma más poderosa que la oración, animando a la confianza en aquel que nos dice “pedid y se os dará”.

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